Aquella tarde: —«¡Guete!» —exclamó mi hija de año y medio desde su trinchera en el suelo. Sobrecogido, alcé la vista por encima del libro. Ella me ofrecía su tren de madera. Yo leía la primera parte de Fausto. Consideré la magnitud de la coincidencia; imaginé al genio alemán revolviéndose como un dios del ayer, descifrada el álgebra ...