Tenía una vida decente. Por la noche, se sentó en el estudio con intención de tratar algunas fotos. Febrero y sus tormentas rugían de fondo. Abrió una imagen y observó cómo su familia se desplegaba sobre el ancho monitor: su esposa y su hija abrazadas en medio del verano.

El apagón de luz lo sorprendió revisando unas notas sobre el balance de blancos en el pequeño molesquín. El ventilador de la CPU fue lo último en cesar de zumbar. Al mirar alrededor la penumbra le pareció atípicamente plana, casi vectorial; juzgó que en sus instantáneas más oscuras eran los píxeles de impertérrito gris los que mantenían la credibilidad de la escena. Nadie en el salón adyacente parecía prestarse a comprobar los fusibles. Se levantó torpemente y, tras chocar contra varios muebles inesperados, decidió sentarse de nuevo. El estrépito de un trueno devolvió la luz. Su computadora no estaba allí. Tampoco su mesa de trabajo, ni sus apuntes, ni su cámara. Sintió una caricia en el pelo.

—Cariño, nosotras nos vamos a dormir.

Aquellas personas no eran su familia, ni aquella casa su hogar.

Sobre Aner

AnerHay indicios de que nací en el 82. Escritor, pensador, compositor y físico teórico. Qué va, es todo mentira, maldita sea. Soy diseñador gráfico. También hago canciones pegadizas. Pero ante todo soy persona. Persona humana, en concreto.