Pesaría unos cinco kilos, tal vez algo menos. La piel cálida, los pulmones prietos. Sondeaba con su pelo periscopado los entresijos de mi barba mientras yo cantaba, ausente, centrado en el sol que tanteaba la persiana. Brilla, sol amarillo, haz mi entendimiento mayor. Brilla, y deshaz este dolor.

De sus tripas nacían gemidos y mugre, retahíla certera de un averno horizontal; temblor, sofoco y ascuas al final. Esquivábamos los monstruos del pasillo sin mirarles a los ojos. Alguno participaba de nuestros cuentos paganos, cuentos acerca de la noche y los muñecos que sobre ella se ciernen. Yo saltaba con levedad aprendida para cerrar el cerco al sol, cada vez más amarillo y central, más esclarecedor. Mediodía ocasional para ideas en fragua. Ella cesaba de su lamento, lo volvía distante. Te lo cedo, niño de otras realidades, que vas a necesitarlo un rato, que la congoja es signo de mares por llenar.

Vana parábola, tú que fundes los espacios. Ahora respiro y me inclino y soy trigal; de luz se ha inundado el suelo, ya sé dónde pisar. La piel cálida, los pulmones henchidos de vida. Pocas tiranteces justo antes de caer rendida. En derredor parpadea lo que está por venir, la hojarasca perpetua del azar. Por un instante comprende el mundo como nunca volverá a hacerlo, inocente y melifluo, vertedero de trascendencia casual. El instante se prolonga. Mueren algunas flores a la entrada del patio. Ladridos en verso viajan de huerto en huerto. Pende el cosmos de cierta duda infantil previa a la inconsciencia mientras las cuerdas que sostienen la teoría se preguntan si alguna vez realmente tuvieron un plan.

Sobre Aner

AnerHay indicios de que nací en el 82. Escritor, pensador, compositor y físico teórico. Qué va, es todo mentira, maldita sea. Soy diseñador gráfico. También hago canciones pegadizas. Pero ante todo soy persona. Persona humana, en concreto.