El olor a gas ascendía desde el callejón. Cada mañana, con el resoplar de las fábricas del subsuelo, nubes oscuras salían expulsadas de la alcantarilla. Se colaban en la habitación por la holgura de la ventana y enturbiaban mis sueños.

Más allá del cristal la ciudad extendía su cuerpo infecto hasta donde la vista no alcanza. Parecía retozar como un enorme cerdo negro, arrastrarse moribunda y feliz, presa de una locura insondable. Contemplé la espesura que quería ser cielo, y primero sentí lástima. Luego sentí el gran vacío del hombre, desgarrándome las entrañas. Y fue así, mientras me vestía la vida para parecer alguien, cuando vi un haz de luz partiendo el horizonte.

Bajé las escaleras brincando. Abajo, en la calle, el invierno gemía lánguido y caluroso. Corrí hacia lo insólito con temor a llegar tarde, sorteando niños grises que engullían aviones de papel reciclado. Después el empedrado se volvió mullido. Alrededor del haz había brotado la hierba. Cerca, en el nacimiento de la luz, yacía un libro abierto, solemne, ajeno a su presencia reveladora.

Deseé leerlo. Me imaginé haciéndolo, tanteando con los dedos el leve rastro de la tinta sobre el papel; mutando en un ser mayor al pasar sus páginas. Por un instante temí interrumpir la melodía uniforme de una ciudad contínua. ¡Pasaba tanto tiempo escuchándola! Entonces llegó el autobús que se dirigía al Centro. Detuvo su rueda delantera sobre el libro, lo mojó, lo manchó. Apagó su luz y se lo llevó consigo para siempre.

Sobre Aner

AnerHay indicios de que nací en el 82. Escritor, pensador, compositor y físico teórico. Qué va, es todo mentira, maldita sea. Soy diseñador gráfico. También hago canciones pegadizas. Pero ante todo soy persona. Persona humana, en concreto.