Hubo un clamor profundo, difícil de explicar. Una expresión de dolor proveniente de la naturaleza abstracta. También sonó a buque soltando amarras, a supernova invadiendo el tejido galáctico, a bufido de mi abuela tras comprobar que volvían a faltarle monedas. Aparqué mi tarea, cualquiera que fuese, y corrí hacia el embarcadero.

Cerca del agua, las horas se sucedían como una repetida. Con frecuencia oí decir que las corrientes subterráneas generaban un campo electromagnético peculiar que desproveía al bosque de tiempo y por ello parecía perpetuo. Perpetuo era también el sol en esa época del año, y las luciérnagas de día, y la música de los vecinos, que me hacen recordarlo todo como muy new age; perpetuas las señoras pescando garcipieses mientras bebían vino dulzón, las cabañas cubiertas de musgo, los sidecares numerados, las canicas, la brisa con olor a corchopán. Llegué sofocado y tuve la sensación de enfrentarme a los imanes que equilibraban aquella decadencia naturalista. Forcejeé contra la atmósfera espesa. Despejé la zona de juncos y la cápsula se arrimó ella sola al pequeño puerto de madera; se veía reluciente, apenas usada, solo traicionada por las torpes juntas que domesticaban sus láminas de acero. Nadie me vio saltar pero, por si acaso, me despedí de todos.

La pequeña cabina esférica me recibió como hace años, mullida en su reducción. La arranqué en silencio y limpié el cristal frontal con aliento y manga. Al sucumbir en la ensenada un nuevo lamento me estremeció. Lo intuí concebido como una reiteración del anterior, acento impostado por la naturaleza para exagerar la tragedia marina a punto de ocurrir. Me equivocaba.

El viejo sonar necesitó paciencia y algunos golpes para ponerse en marcha. Al rato mostraba claramente la ubicación del animal, a escasa distancia, justo donde rompe la placa oceánica y la bahía recibe debajo al mar abisal. No tardé en dejar atrás la orilla y la superficie; la oscuridad del mar vino acompañada de algunos alaridos que sacudían el agua y retenían el avance del batiscafo. Luego todo fue silencio durante algunos minutos. El sonar quedó mudo y sin objetivo. Navegaba a la deriva cuando vi la descomunal ballena azul caer despacio, como caen los imperios, precipitándose al piélago con todo el peso de sus anchas centurias.

Pudo haber sonado algo de Tangerine Dream sin sobrar, aunque el espectáculo ya era perfecto. Las aguas abrazándose en un lento remolino. El viejo cetáceo absorbido hacia el centro de la tierra, sus últimas burbujas buscando una salida. Tenso en mi cubículo, admiré la secuencia extrema e implacable. No supe si agradecer el privilegio de presenciar un evento soñado o sentirme sacrílego por arrimar mi vulgar curiosidad al espacio de lo sublime. Por momentos la bestia se antojaba suspendida en el éter azul, inmóvil, y casi esperaba verla volver a la vida; tal vez a la muerte le costase abarcar la dimensión de una ballena. De improvisto aparecieron varias tortugas que se detuvieron a cierta distancia. Por el lado opuesto llegaron los delfines, los leones de mar, el anciano pingüino e hileras interminables de peces menores. Desde abajo vi subir sendos tiburones, liderando un extenso banco de rayas y otras especies marinas que jamás fueron dibujadas en ninguna de mis enciclopedias de buceo. También llegaron los cangrejos, las medusas, los pulpos moteados, el plancton que lo envolvía todo y más que no alcanzo a recordar. Nadie quiso perdérselo. En medio del mar incógnito, vislumbré la espiritualidad de los animales, su primitivo don para el homenaje. Un inmenso coro subacuático entonaba la despedida.

Rondábamos los tres mil metros de profundidad cuando el esqueleto de la cápsula comenzó a emitir ligeros chasquidos, dispersos primero, compactos después. Una tromba de picnogónidos arreciaba y el resto de espectadores cedía espacio. Los reconocí por algunas láminas sueltas a las que nunca hice demasiado caso: las pinzas como ramas, la mirada opaca; vestigios de un mundo sin luz ni forma. ¿Alguien espera ver arañas de medio metro? Quise librarme de ellos desviando la nave más arriba, pero embestían con demasiado empeño en dirección opuesta.

Pronto la pantalla del sonar fue solo verde. Agazapado en mi nave vi que los más adelantados se anclaban al lomo de la ballena para favorecer el descenso. Comenzaron a despedazarla. Quizá el cetáceo exhibió algún espasmo, no estoy seguro. Inevitablemente formé parte de su remolino, desprovisto de control sobre el sumergible. Pequeñas secciones de carne rosada se aferraban al cristal para luego resbalar; finalmente, con delicadeza, se desprendían y erigían largas hileras de sangre. Maravillado aunque temeroso, recuerdo a los delfines venciendo su pudor y sumándose al banquete. A las tortugas, a las rayas, a los pulpos; todos avergonzados de profanar el cadáver de un ser venerable, actores de una traición póstuma. En mi subconsciente, Phaedra alcanzando máximos. Y un último golpe antes de la oscuridad.

Cerca del agua, las horas se sucedían como una repetida. Con frecuencia oí decir que las corrientes subterráneas generaban un campo electromagnético peculiar que desproveía al bosque de tiempo y por ello parecía perpetuo. Desde el desván de mi abuela miré las suaves olas desdiciéndose sobre la arena. Nada bajo ellas era demasiado cierto. Abrí la vitrina. De entre los tomos peor conservados, rescaté la Encyclopaedia Aquaticum, seca y amarillenta. Alguien debía actualizar sus misterios.

Sobre Aner

AnerHay indicios de que nací en el 82. Escritor, pensador, compositor y físico teórico. Qué va, es todo mentira, maldita sea. Soy diseñador gráfico. También hago canciones pegadizas. Pero ante todo soy persona. Persona humana, en concreto.