Saliste de casa corriendo.

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Hacía décadas que la chatarra cubría la atmósfera terrestre casi por completo. Fue el final de una revolución. El PSS (Personal Satellite System) se presentó para salvar al individuo de sus ataduras con cualquier corporación: microsatélites a precios asequibles. Y allí estuvo la clase media, donde había estado siempre, a la altura de lo que el capitalismo esperaba de ella; urgida por controlar sus comunicaciones personales a escala mundial.

Comenzó siendo un arma contra el poder. Un proyecto subrepticio, costoso, limitado. Inicialmente, las grandes compañías de telecomunicación se mofaron de su alcance. Sin embargo, pronto alguna vio las posibilidades del negocio, pagó a quien fue necesario y desarrolló su propia patente. iTruth, llamaron a la criatura. The iTruth will set you free, proclamaban mesiánicos en luminosos letreros de toda metrópoli.

Cierto es que el iTruth propició una época de ciudadanos más autónomos y, sobre todo, sin contratos telefónicos. Nunca el intercambio de datos había sido tan privado. Luego, se volvió masivo. Satélites para niños, hasta para mascotas. Todo comodidades. A excepción del espacio que ocupaban sobre nuestras cabezas.

Las actualizaciones de software empezaron a ser problemáticas. Los aparatos dejaban de funcionar y morían suspendidos en órbita, unos junto a otros, en kilométricas manadas de titanio y plástico. Chocaban entre sí casi hasta fundirse. Fortuitamente podía verse alguno caer ocasionando estropicio, aunque de forma anecdótica; la mayoría de ellos permanecían bien arriba.

Tú luchaste por detener aquel descalabro.

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Nuevas generaciones de iTruth siguieron subiendo. La oferta se amplió con versiones asiáticas, irrisoriamente baratas. En medio del barullo, algo tenía de paradójico el interés de las compañías por vender un producto que, técnicamente, nos liberaba de ellas. A nadie le preocupó dar con el truco. Muchos estados trataron de regular su uso, pero toda medida fue escasa o llegó tarde. Los cielos colapsaban al tiempo que el planeta consentía la penumbra.

Las patrullas de limpieza celeste quedaron en mero proyecto: entrañaban excesivo riesgo. Los líderes mundiales –aún los había–, sin autoridad ni soluciones, lanzaron el mensaje de que el escudo satelital contribuiría, temporalmente, a frenar el calentamiento global. De alguna manera, nos creímos la milonga y nos acostumbramos a ello. A vivir en la noche perenne. A las cuotas de oxígeno por reducción de la fotosíntesis. Al caos medioambiental y la perdición de los ecosistemas. A los veranos helados, la melancolía patológica y el vodka de granel.

Digo que nos acostumbramos, aunque tú nunca lo hiciste.

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La oscuridad de los días te oscureció por dentro. Habías sido la voz de las protestas, el recordatorio incansable de que el PSS preludiaba el juicio final. No te domesticaron las noches en prisión, ni las torturas secretas. Las infamias en público solo avivaban tu ímpetu. Te creía inquebrantable cuando te encontré deshecha en la cocina, vaciada de llorar, el primer día completo sin luz solar.

—En treinta o cuarenta años dejarán de darse las condiciones mínimas para la vida —dijiste sin dirigirme la mirada—. Y la Vía Láctea sigue relativamente iluminada, ahí afuera.
—¿Quieres un vaso de agua?
—Deberías haber visto cómo me ignoraban en el Ministerio. Espero que los muy hijos de puta mueran mucho antes.
—Mejor vodka, intuyo.
—Quiero irme de aquí.

Nunca tuve claro el porqué de mudarnos a la costa remota habiendo ciudades que generaban luz artificial por temporadas; simplemente te hice caso y alquilé una casa aislada. Allí te absorbieron tus lecturas e investigaciones; fueron el paisaje de fondo mientras nuestra relación se apagaba como la tierra. Pasé los años sin saber nada de ti, aún durmiendo a tu lado. Eras una especie de persona deshabitada. El diagnóstico de tu demencia llegó oportuno para explicarlo todo.

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Una madrugada me levanté y no estabas. Te busqué en el estudio, pero solo encontré círculos dibujados innumerables veces, entre fórmulas, signos y cálculos que excedían cada orilla de tus cuadernos. Débiles chasquidos me guiaron al salón y en la cristalera adiviné tu silueta, examinando las alturas, esperando algo. Tuve tiempo de redescubrir tu pálida belleza crepuscular. Me detuve en cada borrasca de tu pelo, en el ingrávido pasear de tus dedos sobre el vidrio. Regresé en mí al ver que te escurrías lateralmente pegada al ventanal, agitada por una súbita emoción. La demencia tenía esas cosas. De improviso, alguna señal te hizo apresurarte hacia la puerta.

Saliste de casa corriendo. Con lo puesto. Descalza. No supe cómo actuar. Cuando me acerqué al exterior ya remontabas la colina que contorneaba el despeñadero, cayéndote y volviéndote a levantar, tenaz a pesar del viento y el barro. Estaba tan estupefacto que tardé en adquirir consciencia de la luz que castigaba mi vista. El sol se colaba entre los satélites igual que si fuesen rendijas de una persiana. Su foco abarcaba un angosto cerco sobre el cerro; sabías a dónde te dirigías.

Hiciste el trecho final tapándote los ojos, frágil humana sometida a la tiniebla. Me encogí al verte traspasar la frontera iluminada, desconfiado de que aquello no te fuese a quemar. Tú, en cambio, te encaramaste al resplandor, sin ni siquiera inclinarte para recobrar el aliento. Hubo poesía en el instante, algunas trazas de atemporalidad, incluso. Sentí que no nos pertenecía ni a ti ni a mí, solo al cosmos, y un poco a tus fórmulas. Por unos segundos, varada en la eternidad, recibiste del sol su último beso como quien acepta un axioma.

La ventisca te empujó hacia el saliente del acantilado. No sé si tuviste opción de hacerle frente. Me dió la impresión de que caer al abismo fue fruto de una decisión plenamente lúcida. De inmediato todo volvió a ser persistente negrura, infinitamente más oscura de lo que lo había sido nunca.

Sobre Aner

AnerHay indicios de que nací en el 82. Escritor, pensador, compositor y físico teórico. Qué va, es todo mentira, maldita sea. Soy diseñador gráfico. También hago canciones pegadizas. Pero ante todo soy persona. Persona humana, en concreto.