Era más que un simple robot. En muchos aspectos se asemejaba a las criaturas con las que compartía medio; al fin y al cabo, conformaban un mismo ecosistema. Habitaba en él, sin embargo, la amarga inquietud que bordea la conciencia, la angustia irresuelta derivada de la necesidad de significado. 

Esto último brotó de forma espontánea; jamás lo hubiese cargado voluntariamente con semejante lastre. Supongo que surgió de conexiones en sus tejidos, del choque permanente de estímulos en su interior. Quién sabe. Desbordó, en cualquier caso, mis expectativas de programación. 

Mi carrera hasta entonces estuvo centrada en la creación de escenarios. Tras una eternidad en ello, había conseguido ser francamente hábil. Publiqué varios volúmenes sobre clima autogenerativo, fondos oceánicos, renderizado de anocheceres en naturalezas densas. Tal vez mi obra más popular fue Combinaciones Meteorológicas, un sobrio tratado con algoritmos simplificados de huracanes y tormentas. Con el tiempo me adentré tímidamente en el ámbito animal. Observé que su autonomía se optimizaba aplicando bajos niveles de conciencia relativa. También mejoraban su integración en el entorno y, en consecuencia, sus posibilidades de reproducirse y permanecer. La fascinación por aquello y la obsesión por obtener consistencia en mis programas me llevaron a crearlo a él, tan orgánico, tan genuino que el código subyacente parecía mutar en sus entrañas, evaporarse en el sudor sobre su piel desnuda. 

Una mañana lo encontré inmóvil, de pie sobre unos riscos, mirando a la distancia. No ejecutaba ninguna acción prevista. Mis artefactos arrojaban lecturas desconocidas, la mayoría de ellas redundantes o, directamente, erróneas. Inicialmente sospeché de una anomalía en los parámetros de conducta. Un chequeo rápido reveló mi equívoco. Cuando volví la vista seguía allí, con el gesto ligeramente más elevado, mesándose la barba rizada. Claramente, pensaba sobre algo no directamente asociado a sus patrones. Pretendía la formulación racional de una explicación al vacío posterior a sus necesidades satisfechas. Buscaba sentido. Me buscaba a mí. 

A la primera mañana sucedieron otras, infinidad de ellas, rendidas al estado contemplativo. Lo examinaba con tal deleite que programar se volvió muy secundario. Mientras él divagaba, yo me imaginaba acercándome, abrazándolo, ofreciéndole respuestas, endulzando su falta de consuelo. No lo amaba por ser mi más brillante obra; lo amaba como a un igual, aún a sabiendas de que mi sistema siempre sería inadvertible desde el suyo. 

Con el tiempo, su conducta autoespeculativa anuló las demás. Profundizó en ella a costa de toda interacción con el entorno. Apenas hacía nada salvo preguntarse hasta caer exhausto. Modifiqué sus rutinas; aumenté los días luminosos; facilité las condiciones de supervivencia; nada surtió efecto. Una noche lo oí llorar, y tuve que tomar la decisión más difícil. Rescaté los archivos del código con el que configuré la arquitectura de su núcleo. Hice un duplicado exacto y añadí algunas actualizaciones que depuraban pequeñas carencias detectadas en él. Solo me quedaba esperar que, tal como ocurrió la primera vez, la réplica excediese los confines preestablecidos de su programa para estar a la altura. 

Al amanecer lo despertó una firme calidez. El sol amagaba, pero era temprano para calentar tanto. Dio media vuelta y, aún recostado, dejó que su vista viajase inocente por la anatomía de su recién llegada compañera. 

Las cosas no tardaron en cambiar. Pronto fueron inseparables. Dos seres completados mutuamente, plenos al fundirse, concebidos el uno para el otro. Maximizaron su adaptación al escenario, y aún más: se comunicaban en términos endógenos. Una mañana volví a encontrarlo a él asomado a los riscos y me sentí reconfortado, pero fue un aliento fugaz: llegó ella como hubiese deseado hacerlo yo, lo abrazó desde atrás y mezclados cubrieron sus abismos con besos y caricias. 

Traté de verlos como meros robots. Sin fortuna me deshice en anular lo que sentía y ceñirme al rol de creador; la ira es un mejunje adictivo y poderoso que se propaga con rapidez. Cerca estuve de destruirlo todo, pero me limité a cerrar la interfaz y dejar que el programa funcionase por sí solo. Antes de replegarme en la soledad de mi sistema quise, como maestro de escenarios, concederles un último componente de entropía: un vasto jardín salpicado de manantiales, coronado en su centro por un árbol inmenso abundante en las más irresistibles manzanas.

Originalmente escrito para el taller 47 de Literautas.

Sobre Aner

AnerHay indicios de que nací en el 82. Escritor, pensador, compositor y físico teórico. Qué va, es todo mentira, maldita sea. Soy diseñador gráfico. También hago canciones pegadizas. Pero ante todo soy persona. Persona humana, en concreto.