Sobre la medianoche del 26 de octubre de aquél año sin número, Horacio subió al centro de la humilde tarima. La mayoría de los concurrentes lo conocían de sobra: la gastada gorra bermeja, los ojos difíciles de abarcar, la barba gris disimulando un rostro improvisado de zanjas y recovecos. Sentado, rasgueó primero la guitarra despellejada como si se presentasen mutuamente y se diría que, en algún punto, engendró el marco armónico digno de sostener su embriaguez cual bendición atemporal. La algarabía se hizo leve. La gente lo atendía. Puede que algún dios también. Rompió a sonar con algo en si menor seguro de que más de uno y de diez se sabrían aquella y desearían que no acabase nunca. «Hombre de los cruces / dime, ¿qué es lo que te inquieta?». El timbre, seco y exacto, derramaba el espíritu del whisky recién apurado. La intensidad, replegada en los primeros compases, anticipaba la explosión del bar al aumentar la presión del diafragma. Cantaban a través de él todos los vientos y hacía que las musas se congratulasen en su hora de gracia.

Aconteció entonces un árido silencio.

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Horacio Guindoso era tipógrafo. Heredó en su juventud la humilde fundición de su tío quien, ya para entonces, lo había adiestrado en el amor a las ligaduras y el odio al kerning descuidado. No tuvo elección pero supo apreciar el oficio; años después, nada reemplazaba la dulce parsimonia de las horas en el taller donde vivía. Practicar aquél arte sin aplauso hizo que fuese más bien reservado y poco dado al tumulto. Sorprendía oírle hablar de otra cosa que no fuesen letras. ¿Una capital? La Q. ¿Una bandera? A la derecha. ¿Un nombre de mujer? Cualquiera compuesto en Garamond itálica. Pensar sobre tipografía le ayudaba a pensar cosas mayores. Ostentaba un conocimiento casi metafísico de la palabra y sus formas, era un forjador de significado, un astrónomo apostado en los intersticios del entretexto.

Más abajo, en su misma calle, frecuentaba una taberna tras el ocaso. Cada noche se proponía ofrecerse al dueño para renovar sin coste el espantoso rótulo de la fachada y horas más tarde salía con su propósito al bolsillo, silenciado y prieto en el lugar de las monedas. El garito solía animarse los martes con la actuación de bandas que cantaban en inglés y componían con tres acordes. Nadie en el barrio reconocía en ellas excesivo deleite pero tejían un cómodo ruido de fondo y estimulaban esa conversación trivial que empareja a los hombres con las bestias y los salva de la relevancia ilusoria de sus vidas. Luego el escenario quedaba a merced de intérpretes accidentales.

La anónima madrugada vio a Horacio salir de allí antes y más sereno de lo previsible. Dejaba adentro el murmullo de una audiencia sorprendida por la decepción, y lo que era peor: risas veladas revolcándose en el fango del ridículo ajeno.

No se explicaba su olvido repentino. Centenares de veces habría cantado los mismos versos, aprendidos en la infancia, inmutables en el tiempo pues recogían las preguntas que nacieron con éste y no esperaban ser resueltas. Enfiló la cuesta despacio, turbado aún, obstinado en hacer emerger las estrofas sobre el vacío antes de hallarse frente a la puerta del taller. Tropezó en su empresa con la vegetación de los años, tupido liquen adherido a los engranajes del recuerdo. Comprobó intranquilo que tampoco recordaba a su padre entonando la melodía de camino a los sembrados, ni los propios sembrados, ni el cielo colosal abasteciendo de trascendencia a la húmeda pampa; se había evaporado el retrato de su más primitiva existencia. Quedaban en su lugar todas las emociones derivadas de ella, resonando infelices en una habitación solitaria.

Nada más acostarse y antes de decirse que mañana sería otro día tuvo una suerte de sueño liviano. Reverberaba la luz por una ventana, acariciando los restos de tinta prensados al borde del plomo de una egipcia. Olía fuerte a humo y algún gato maullaba. Mañana será otro día.

El alba arribó luminoso. Horacio despertó con el perfume de la madera ardiendo. Atisbó desorientado varios cajones del estudio abiertos y un puñado de tipos esparcidos sobre el escritorio. Se incorporó, alcanzó la puerta de la entrada y la abrió intuyendo que algo pasaba en el exterior. Los bajos del edificio de enfrente se deshacían presa de un incendio, al parecer, fortuito y ya controlado; la muchedumbre apiñada abrazaba el espectáculo; del Sotanal y hasta de Calís, pasado el río, habían venido a curiosear, a fantasear con los múltiples dramas que podrían subyacer tras el fuego, a reconstruir los hechos mezclando rumores e inventiva que luego divulgarían sin pudor y abandonarían con desdén. Turismo vecinal, obvio y despreocupado, del de toda la vida. Horacio sentía aversión por aquello, si bien le reconfortó la idea de que las llamas y sus afectados, con total probabilidad, desplazarían de los corrillos su lapsus de la pasada noche. Oyó maullar; al dar media vuelta encontró que un gato lo miraba desde su puerta. No supo si aquello ya lo había soñado o si aún lo estaba haciendo.

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Los meses sucesivos se aplicó en una amplia familia tipográfica para la ciudad, un encargo antiguo demorado en disparatada burocracia. Costaba avanzar porque cada paso precisaba del consenso de cuarenta concejales, seis aparejadores, cinco técnicos de cultura, el alcalde y su esposa: cada uno de ellos debatía empecinado en hacer valer su opinión y verla reflejada en el diseño de los tipos. Al final de las sesiones Horacio volvía a casa con apuntes como “que denote honradez”, “que sea sensata” o “que conmueva a la República”. Traducir aquello en el trazo de una grotesca y que el equipo de supervisión lo aprobase era harto complejo.

A menudo retomaba la tarea de recordar valiéndose de las escasas fotos sueltas que guardaba. No obstante, la desmemoria parecía haber venido para quedarse. ¡Con apenas medio siglo de vida! Inicialmente fijó que su evocación más remota pertenecía a una mañana de junio montando a caballo en las afueras. Echó cuentas y anotó en su libreta, entre correcciones y dibujos de capitulares, que tendría entonces unos once o doce años.

Pasó el verano y aquella imagen se había evaporado. No quedaba rastro del potro ni del muchacho que cabalgaba sobre él. La certeza de si el animal era negro o cobrizo, si hacía sol o quizá amenazaba con llover, ya no habitaba en su mente, solo era una anécdota escrita en un cuaderno. A este recuerdo siguieron otros pretendiendo ser los más distantes. En muchos resultaba difícil descifrar las razones de su anclaje, eran retales poco significativos en la historia de nadie. Alguno fue duro de despedir pero todos, sin excepción, acabaron relegados al frío registro del papel.

En paralelo, Horacio observó un hecho que lo mantuvo ocupado pese a sus evidentes signos de deterioro cognitivo: ocasionalmente veía el futuro. La frecuencia o el contenido de sus visiones no era algo que pudiese controlar. Comenzaron siendo sueños pero al poco ya surgían en la vigilia como recuerdos de otras personas, o vidas imaginadas. Un día soñó una cornamenta sobre un fondo de madera. Tres días después un ordenanza colocaba una cabeza de ciervo en una pared de la sala de reuniones, a petición del alcalde. Otro día vio unos guantes de boxeo colgados en una habitación; luego a una mujer llorando en un pórtico. La semana siguiente enterraban al hijo de una vecina, una joven promesa del peso pluma derribada para siempre en cuadrilátero extranjero.

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El olvido progresó feroz mientras sus predicciones se tornaban minuciosas. Ambos mecanismos parecían compensarse, tal vez incluso ser uno solo con doble sentido: tanto menos recordaba cuanto más lejos podía ver. Invocar el ayer y otear el mañana demandaban similar ejercicio de concentración; llegó a pronosticar algún hecho mientras intentaba remontar el pasado. Descubrió que los pensamientos voluntarios tenían el poder de orientar parcialmente sus vaticinios. Reflexionar en torno a su trabajo derivaba en visiones que, a menudo, mostraban soluciones a problemas de algún diseño actual. Consideraciones relativas a su afición al alcohol lo guiaban hacia imágenes de sí mismo sustituyendo licores por mate. De un día para otro fue capaz de transformar costumbres noctámbulas en madrugones, de reducir los niveles de entropía de su taller, de finalizar proyectos menores en tiempo record. Lo visto en el futuro condicionaba sus actos presentes a la par que los hacía más tolerables, tal vez por haber sido revelada su inevitabilidad.

Quiso ensayar a la inversa. Salió a correr por los lindes del ensanche durante algunas decenas de tardes, con el fin de que la rutina permaneciese en el mañana. Al mes se soñó delgado, incluso más joven frente al espejo. Adquirió también el sólido hábito de leer diversos diarios, hasta los más pobremente diseñados. No tardó en acceder a su yo futuro, tres o cuatro años por delante, visualizando titulares sobre el cambio de gobierno o los nuevos mercados emergentes.

Lo paradójico estaba instalado en su vida, vagamente se distinguía de lo ordinario. Que el porvenir dictase sus actos, que las épocas se confundiesen, quizá fuesen simple evidencia de las restricciones de la mente humana, necesitada de orden y sucesión. Impedimentos que él había trascendido o de los cuales había regresado para, como un niño, como un animal salvaje, anclarse en un intervalo sin tiempo y aceptar que se manifestasen los delicados filamentos de la eternidad.

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Transcurrieron los años sin ningún testigo de aquello. A los cincuenta y cuatro, Horacio había perdido su infancia, su adolescencia y su primera juventud completas. Tenía varias libretas llenas de anotaciones de últimos recuerdos, labor de la que desistió en determinado momento por tediosa y fútil. Aquellos fragmentos, más que su bagaje personal, traslucían la ausencia de bagaje alguno. Sin embargo su humildad, su carácter afable aunque prudente, su gusto por las minúsculas, su misticismo musical; todo permanecía más o menos intacto. La deforestación de su cerebro no había arrastrado consigo al hombre que siempre había sido, o así lo sentía él, y ello restaba gravedad a los síntomas. A veces incluso fantaseaba con el momento en el que no recordase absolutamente nada, ni la hora previa, y todo fuese porvenir, cada vez más lejano. Se imaginaba a sí mismo en el alféizar de los tiempos, sujeto a la ventana que da al patio del futuro y desde la cual podía leer historias aún por constituirse. No obstante, le preocupaba, aunque de forma muy abstracta, carecer de presente. Que esa goma de borrar que deshacía su pasado colisionase con su momento actual y, por su naturaleza inexorable, prosiguiese su camino arrasando primero el instante preciso en el que ocurría su vida para, lentamente, privar a su yo contemporáneo de un contexto para existir. Se vería entonces cercado por una realidad para la cual él sería ciego. Realizaría sus predicciones alojado ya, en cierta forma, en la posteridad. Abrumadora cavilación.

Una siesta, no sabría decir si aún consciente o ya dormido, concibió varias señales del centro de la ciudad. Reconoció en el trasfondo el acceso a la Plaza Principal, también algunas calles comerciales. Luego se sucedieron más señales: en los suburbios, en los puentes, en el perímetro industrial y en diversos jardines. En todas ellas los nombres e indicaciones estaban escritos en una letra didona, desequilibrada, víctima de la subestimación de sus contraformas. Nada que ver con su trabajo para el ayuntamiento. Una propuesta desacertada, pensó, para una urbe con la ambición de mostrase al mundo como algo más que un apocado lugar de moda.

Completamente despierto, tanteó la mesa del estudio para revisar sus láminas y valorar si la familia grotesca en la que llevaba tanto trabajando merecía ser sometida al juicio de su último pronóstico. Pronto vio que no, y tuvo un escalofrío. Sonó el teléfono. Descolgó con desgana y la voz distante de uno de los técnicos de cultura confirmó que prescindían de sus servicios.

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Una tipografía es una pulcra cosmogonía, no menos exhaustiva por diminuta. Posee origen y dirección, deidades y estrellas; espacio, tiempo, sustancia y jerarquía; es una voz, un prisma, un filtro del entendimiento. Busca el equilibrio lo mismo que libra batallas.

Horacio había diseñado unas cuantas a lo largo de su vida, aunque no recordase muchas. Todas razonadas y medidas. Alguna más brillante que otra. No obstante, su obra para la ciudad conformaba su mayor aspiración. Años de exploración, ajuste y perfección. Expresión superior del esmero y la sutileza, luna tras luna. Perder aquel trabajo le suponía la ruina económica y, aún así, eso era lo de menos.

Durante largo huyó de predecir. Le faltó el ánimo para ello; recluido en su taller dejó que las eras resbalasen, quizá mezclándose entre sí. Un soleado mediodía le sorprendió la idea de que desconocía la causa de su pesar; así decidió concentrarse y rememorar. En las primeras horas de escrutinio febril entre los arenales del olvido brotaron, exclusivamente, visiones de visiones: Horacio viendo a Horacio; Horacio siendo visto por Horacio; Horacio viendo que era visto por Horacio. Nada delataba el sentido de las mismas, su correspondencia con el pasado o el futuro era un enigma.

En horas siguientes predominó la negrura, aciaga sombra que presagiaba el final. Constató que pocas afirmaciones fundamentadas podía realizar sobre sí mismo más allá de la pura evidencia física. Vivía en una fundición, era martes, hacía calor, llevaba las ojeras arraigadas en la mirada. Arregló el mate de la mesita y encendió su pipa.

Fuera despuntaban la noche y su sosiego. Cogió la gorra y las llaves para salir a formar parte de aquello. Paseó calle abajo sin prisa, como quien visita un museo. Junto a la boca del metro opinó que le gustaría conocer aquella ciudad extraña; escudriñó el mapa situado en el acceso y estimó apropiado recorrerla al día siguiente. Luego se detuvo frente a un bar. El tosco letrero que lo anunciaba suplicaba un rediseño, y aun así se aventuró dentro. Estaba a rebosar. Se colocó en una esquina a recrearse en las melodías joviales que retumbaban desde el fondo, pero en breve la banda invitada se despedía agradeciendo la acogida. Hubo un estrecho silencio. Incómodo para una taberna, dilatado para una conciencia desprovista de la noción de duración. Entre los vaivenes alegres del gentío avistó al otro lado una guitarra con las cuerdas raídas y la madera de la caja en carne viva. Esquivó empujones, ignoró el rumor, encaramó el tablado y se aferró al instrumento.

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«Hombre de los cruces / dime, ¿qué es lo que te inquieta? / Ser desierto y que la lluvia / pase inadvertida». Horacio Guindoso emitía un íntimo y fluido espectáculo de épica mundana, simultáneamente desmedido e insignificante. Cantaba tripulado por el placer de habitar un momento sin contorno, desdibujado en los relojes, repetido o acaso pendiente de producirse. Absuelto de toda cláusula transitoria. Agazapado bajo la reconfortante quietud del ahora y su certeza.

Sobre Aner

AnerHay indicios de que nací en el 82. Escritor, pensador, compositor y físico teórico. Qué va, es todo mentira, maldita sea. Soy diseñador gráfico. También hago canciones pegadizas. Pero ante todo soy persona. Persona humana, en concreto.