Serán motivo de espanto para todos los reinos de la tierra; de vergüenza, de cuento, de burla y de maldición en todos los países adonde los echaré.

Jeremías 24, 9

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—Recoge tus cosas —ordenó Mariana según entraba en casa—. Nos vamos.
—Mira las noticias. Avanzan en ciudades de todo el planeta —apuntó cauto sin apartar la vista del televisor—. No hay huida posible. Debo liderarlos.
—Está oscureciendo, Andrés. Mucho.
—Yo nunca pretendí esto.

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Poco imaginaba Andrés semejante desenlace la noche en la que, algo borracho frente a su portátil, convocó la manifestación en redes sociales. Remató el tarro de helado, se limpió los dedos en su pijama de Spiderman y escribió grácil: «Marcha masiva de feos. Viernes, 1 de junio, 12:00h. Salida desde la Plaza de La Trinidad». Engullía causando estrépito, con las fauces bien abiertas. Se sintió poderoso y quiso añadir: «Engendros del mundo, uníos». No vaciló. «¿Desea publicar?» Por supuesto.

Aún con el ordenador en su regazo, cerró los ojos y se recostó en el sofá. Algunas decenas de gases después quedó dormido, acunado por la embriagadora sensación del trabajo bien hecho.

Despertó miserable con el clamor de sus propios ronquidos. Apenas amanecía. Sopesaba la opción de retomar el sueño cuando enfocó la vista y descubrió cientos de notificaciones esperando en la ventana del navegador, creciendo a un ritmo desbocado. Compañeros y desconocidos, feos, peludos y bestias se sumaban al emplazamiento que, antes de acontecer, antes siquiera de que Andrés mismo estuviese seguro de secundarlo, alcanzaba el éxito viral.

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—¿Vas a ponerte al frente? ¿En serio?

La hermana de Andrés era un resultado sumamente improbable. Su hermano arrastraba suficiente nariz para dos caras, con fosas en las que bien cabría una bicicleta. Su madre, de hocico también generoso, retenía los ojos saltones a distintas alturas, y la densa barba se le resistía al afeitado; era obvio que la vejez le había venido bien para camuflar con arrugas el rostro zafio y contrahecho. De su padre se llegó a decir que murió de feo. Mariana, sin embargo, era una cara corriente, irrelevante de tan normal. El azar de la genética había sido generoso con ella, aunque a menudo anheló la fealdad, si aquello le reportase, al menos, alguna mirada de asco.

—Tú escóndete. Llevamos la misma sangre pero no lo parece —aseguró, como recién revelada su oscura realeza—. Que nadie te vea.

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Andrés aborrecía vivir en un mundo hecho para guapos. Que la evolución favoreciese la simetría, vale; nadie pudo decidir ahí. Pero una sociedad que enaltecía la belleza y tapaba lo deforme era de todo menos justa. Esa sociedad lo relegó a las sombras y la soledad; a los libros de Asimov, a la crema de cacahuete, al porno de la red. Esa sociedad, ese inquietante Estado, esa forma encubierta de imperialismo que dividía la realidad en dos empujó a Andrés a congregar la protesta, con la esperanza de cambiar la Historia o, mejor aún, conocer alguna mujer con la que darse un revolcón.

Sucedió, no obstante, que la tierra estaba muy llena de feos. Tal vez fuesen miles de millones. Y opinaban como Andrés. Aquél mediodía del primero de junio no hubo metrópoli en el orbe que no se viese colapsada por multitudes nada agraciadas. No necesitaron lema; les bastó el paso silencioso para arrasar con todo signo de vida o color.

De pequeño, Andrés temió las guerras nucleares, los asteroides. En la edad adulta lo acojonaban más el cambio climático, el terrorismo islámico o los mercados. Lo que nunca sospechó fue que acabaría guiando un insólito apocalipsis.

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—Fuiste la mejor hermana, Mariana.
—Déjate de gilipolleces y no salgas por esa puerta.

El paladín de los feos bajó las escaleras como el rayo y se apresuró hacia La Trinidad. Encontró el tráfico paralizado, los comercios cerrando; caos y pánico en una ciudad desbordada de hombres y mujeres espeluznantes. Sabía que todos lo reconocían y no disimuló la satisfacción de la fama. Al acceder a la plaza el cielo ennegreció por completo. Entre los manifestantes creyó distinguir tres especialmente horribles a caballo, portando una espada, un arco y una balanza. De la lejanía brotó el sonido aciago de las trompetas que aullaban la hora final. Los tambores comenzaron a sonar.

Originalmente escrito para el taller 26 de Literautas.

Sobre Aner

AnerHay indicios de que nací en el 82. Escritor, pensador, compositor y físico teórico. Qué va, es todo mentira, maldita sea. Soy diseñador gráfico. También hago canciones pegadizas. Pero ante todo soy persona. Persona humana, en concreto.