Aprendí a escribir con apenas dos años. No recuerdo si primero supe leer o no; es probable que las sucesiones de signos fuesen para mí meras composiciones visuales privadas de significado. Menos aún recuerdo del proceso de exploración que desembocó en escribir, aunque puedo invocar con mágica concreción la mañana en la que me decidí a separar los grafemas, a despojarlos de las ligaduras que encarnan la caligrafía pueril. La lluvia inasible perfilando el amanecer. El olor a café avisando desde la cocina, como un presagio. Yo recién desvelada y los escombros de un sueño zaguero empujándome a domar el lápiz.

Algún educador avaló que aquello era un regalo eugenésico, precoz maña impropia de una mocosa sin escolarizar. En mi más lejana infancia me envolvió el halo reservado a los fenómenos. Un nimbo denso que yo nunca quise, superpoblado de afanes que los mayores, no solo mis padres, exponían alrededor de mi cualidad. Hará del pueblo un lugar sonado en el mundo, decían. Es de la edad de mi hijo el pequeño, decían.

Sospecho que la popularización de mi don influyó, no sé si en el desarrollo, pero sí, al menos, en mi obsesión por encubrir la deficiencia que al poco se reveló y aún hoy me acompaña: soy incapaz de escribir el signo que en el abecedario sigue a la s y precede a la u. Empeñé largos años en alcanzar su delicada forma minúscula, cruzar los ejes a la elevación precisa, dominar su escurridizo armazón. Abdiqué, amilanada por lo vano del esfuerzo. A día de hoy aspiro, en el mejor de los casos, a resolver una f, puede que una h o una d. Lo mismo da que pruebe con la mayúscula. La figura derivada, aproximada para mí, siempre induce el error en cualquiera que la lea. Podría decirse que el verdadero prodigio radicó en aprender a escribir sin ella.

Lo pasmoso de mi condición es que solo aflora en la redacción. No hay indicio alguno de ella en mi expresión oral. ¡Si pudieseis escucharme bramarla! ¡F! ¡F! ¡H, d! ¡Endemoniada lefra! Nada, no hay manera. A nada que pierdo los nervios mi ordografía se resienfe. Descuido la concendración, escribo con forpeza, y la maldición queda compledamende al descubierfo.

Originalmente escrito para el taller 25 de Literautas.

Sobre Aner

AnerHay indicios de que nací en el 82. Escritor, pensador, compositor y físico teórico. Qué va, es todo mentira, maldita sea. Soy diseñador gráfico. También hago canciones pegadizas. Pero ante todo soy persona. Persona humana, en concreto.