Electricity / from the pills in me / it’s all in me / all in you». Paladeo cómo primero se desfigura y luego se reconstruye la polirritmia y vuelven a crecerle brazos, múltiples brazos asidos al telón del universo que acarrean consigo la inconcebible vastedad. Cualquiera debería sentirse aplastado por este lapso musical, pienso racional y soberbio, lúcido y pleno, tocado por el don del rock progresivo. Barrido panorámico desde mi pedestal antes de sucumbir al padre de los interludios, comulgar con mi insignificancia y dejar que pasado y futuro se enreden subyugados a los dos minutos y medio en los que convergen todos los cuásares, todas las horas de efervescencia compositiva para constituirse en una nueva e imprevista ontología.

Soy uno con la divinidad cuando las luces del metro sonríen por el túnel. El estruendo se presenta templado y parece mezclarse con el desenlace de la canción; «Water so warm that day / I counted out the waves / as they broke on the shore», agonía expandida que la guitarra salpica de tímidas notas, si bien precisas, cada una de ellas evocación fiel de las estrellas que circundan Orión. Quedan al final los teclados suspendidos en el aire, resilientes, virtuoso vapor de las profundidades. Cierre del tema. Apertura de mi vida. Vacío y exhalación.

Tengo la impresión de que hoy nos hemos juntado más de los habituales aquí abajo. Están los de siempre, las rubias, los de gorra, el nazi, aquél y los académicos. Están los de a veces, los aficionados, el generoso y su mujer, los huérfanos, los veganos; los de la calle del Surco, las que van a misa, la muy puta y su par de perros.

Se abren los vagones deshabitados.

También están los esporádicos, el soldado, el calvo de la coleta, todas las animadoras y sus amigos homosexuales, el exégeta y ese tipo que fuma marihuana y probablemente se llama Horacio Guindoso y es argentino, a juzgar por cómo se ata los zapatos. Incluso hay alguna novedad despistada con bolso de imitación, un par de ancianas, un cuarentón vestido por mamá y varios adictos al móvil carentes de interés. Por mi derecha se acerca corriendo un hombre alto y escaso al que creo haber visto antes con una abultada maleta. Tiene la barba espesa, las ojeras pronunciadas y el traje de lino sucio. «It’s no fun to be told / that you can’t blame your parents / anymore». Atiendo a la siguiente según el tipo avanza, me observo tan de acuerdo. «Stoned in the mall the kids play / and in this way they wish away each day», y pienso que lo mismo podría ser un príncipe egipcio que un terrorista islámico. Los opuestos superponiéndose, las capas de lo cognoscible disueltas en el ácido de la misma ficción. Densa tragedia sin público. Llega entonces el sujeto a mi altura, se dobla vil para arrancarme la mochila de la mano y sigue a la carrera alejándose del andén. Doy media vuelta, pasmado, y lo veo escurrirse entre el tumulto sin que nadie lo detenga. Los vagones devoran a la gente. El humo de Horacio aún espesa el aire, pero creo que distingo al muy ladrón alcanzar las escaleras mecánicas.

Salgo corriendo torpemente a falta de superpoderes que me ayuden con lo de volar. Pronto aflora en mi el asmático, su tos, su insuficiencia; soy amargor de humedad e histamina al encarar cada planta del subterráneo tras el rastro evanescente de un rufián moreno. Aflora a la par el racista desinhibido que me río yo de la igualdad y la solidaridad y su puta madre, que a este país vienen a lo que vienen, que mucho discurso tolerante y hermanador pero los hombres siempre nos hemos matado los unos a los otros, y ya está. Empatizo ridículamente con septiembre de 2001. Con marzo de 2004. Dónde cojones se aplican las leyes antiterrorista que yo no las veo.

«Out at the train tracks / I dream of escape». Persisten los auriculares en mis oídos, el viejo discman reproduciendo una voz introvertida empeñada en dotar de dramatismo a mi ascenso lamentable. Y todo dios bajando hoy al metro; debe ser el día mundial sin coche, por lo menos.

En el nivel -2 hay un largo corredor no muy bien iluminado. Exquisita decadencia, me digo a mi mismo, revelándose como predijeron las películas de los ochenta. Tal es la fuerza del componente estético que aprovecho para detenerme, oxigenar y repensar si subo o si bajo. Me preocupa perder de vista al maleante con mis bártulos, para qué los querrá, cómo sabrá lo que llevo dentro. Advierto el bulto de la cartera ceñida en el bolsillo de atrás de mis vaqueros, junto con las llaves. Lejos de tranquilizarme, ahora se vuelve más violenta la certeza de que se está llevando mis cuadernos de notas. En ellos están escritas las pasiones de la urbe, su sino, la ebria mudez de los hombres que duermen entre cartones. Años como edades al asombro de lo vulgar y lo periférico. «Way out / way out of here / Fade out / fade out, vanish». Apuntes sobre el calor poligonal, las bestias tendidas en los soportales, los semáforos, las venidas a menos, los arrabales tenues y funestos. Cuadernos que son punto de fuga de mi sordidez y mis vanidades.

Retomo el sprint viendo la cara que persigo recortar la esquina en penumbra y estimar el trecho que me lleva. Me indigna que siga sin haber nadie que trate de comprometer su huída. Escoria en porciones, asamaritanados con anteojeras, así nos retratamos. Algunos cientos de zancadas después salto el vallado de acceso al metro, allí donde la luz del día inunda la cristalera semiopaca de la entrada.

Salgo fuera. Durante un tiempo indeterminado toso la extenuación medio agachado, incorporándome de vez en cuando para calcular hacia dónde ha podido dirigirse. El sol es desmedido y el sudor me complica la tarea. Exhausto. Mareado. Empiezo a darlo por perdido: no le he visto el pelo en el último tramo y la ciudad ya está interponiendo su inmensidad entre ambos. Me arrojo a la embriaguez melancólica del amputado. Voy respirando algo mejor. Corroboro que mi mochila sigue sin estar al palpar con los dedos junto al pecho por puro automatismo, como cuando se ha ido la luz y uno sigue pulsando interruptores. Hay violencia en un robo, infamia sorpresiva; es un acto desequilibrador, y eso mismo lo hace a su vez hermoso. Desviación inesperada en una secuencia programada. Objetos anónimos desgarrándose en calles secretas, veladas al transeúnte común. A cierta distancia de la boca del metro, completamente erguido y con una mano sobre las cejas, sigo rastreando lo mío, ya como si fuera de otro, sin demasiado ánimo.

Veo a la muy puta salir del interior del subterráneo, algo aturdida. Sus perros no están. Tal vez ha venido detrás, corriendo para ayudarme. Ja. Barrido panorámico sin interludio posterior para dar con el calvo de la coleta algo más a la izquierda, su cuerpo baldío ladeado sobre una farola, como recuperando el aliento. Muy cerca la mujer del generoso, llorando y jadeando, sin marido. En pocos segundos constato que no hay nadie más en las calles colindantes; somos diminutas semicorcheas manchando una metrópoli vacante. Singular tetramorfos desprovisto de bóveda y teología. En cierto modo deseaba encontrarme al señor Guindoso con la frente untada en aceite, parapetado bajo su nube de ceniza; algún académico, no sé, alguna de las animadoras, capaces de ocupar todo un vagón. Nada, no están. Pero qué ha pasado aquí.

El contacto afable de una mano sobre el hombro me aparta de mis contemplaciones. Me giro y enceguezco durante un rato ante el sol imperial. «Switch off the future / right now / Let’s leave forever». Qué bien granulada esa voz, qué bien escogidas las palabras. Mis pupilas van encajando la claridad. Ante mí se erige como el trígono hermético la figura de alguien aún sublimada por el resplandor en su contorno. Alto, delgado, entre arcángel y corredor etíope, extiende un brazo para entregarme algo, y para entonces ya lo reconozco.

Permanezco inmóvil sopesando la captura epifánica, lacónico estadio sin sujeto ni materia, dulce teatro que me recompone tras mi pérdida. Es, definitivamente, un príncipe egipcio, un mesías retornado de la estepa, curtido en asedios espirituales, disminuido por la vergüenza de su propia fechoría. Me sonríe con alivio al devolverme la mochila, los dientes esculpidos en marfil, la comisura de los labios medio reseca. Estoy aquí para redimirte, errabundo ser, solo me has hecho correr. Nada te reprocho, soy un ejemplar misericordioso a pesar del Primer Mundo. Gozo de moral espaciosa y comprensión dilatada por el minutaje de complejas canciones.

Revientan de golpe todos los tímpanos. Brutal es el tremor que nos sacude. La tierra escupe sus entrañas de hormigón y acero en irracionales lenguas de fuego apuntadas a lo alto. Varias detonaciones parecen sucederse como parte del frenesí de una guerra espontánea desatada en las cloacas, bajo el tejido de un asfalto ahora devenido en plastilina moldeada por la ira de titanes invisibles. La visión del desconcierto es cine mudo en alta definición. Cruel. Devastador. La zona de entrada al metro va aislándose a modo de plataforma de supervivencia, y las naves espaciales que no aparecen.

Se hace la calma y me encuentro arrodillado sobre el pavés, con los ojos achinados y la mochila cubriéndome la cabeza. «How can I be sure I’m here / the pills that I’ve been taking confuse me», aún sonando lejana por mi sordera, y yo opinando que eso le da carácter. Fantasía de polvo y cascotes en la atmósfera plateada. Algo de flaqueza en el sureste pulmonar. A metro y medio, perfectamente enhiesto, como sin intervenir en el desmadre, interpreto al príncipe satisfecho del resultado de su misión.

Sobre Aner

AnerHay indicios de que nací en el 82. Escritor, pensador, compositor y físico teórico. Qué va, es todo mentira, maldita sea. Soy diseñador gráfico. También hago canciones pegadizas. Pero ante todo soy persona. Persona humana, en concreto.