Entraste en el baño de la estación tras embestir contra la puerta. El viaje había sido largo y te inquietaba el final del trayecto. Allí encontraste, al fin, un refugio.

Trataste de respirar hondo, centrarte en la cadencia del aire, distinguir el pensamiento superfluo de la existencia esencial de cada instante. En cierto momento volviste a abrir los ojos para verificar que la realidad aún te rodeaba. Entre un sin fin de garabatos advertiste en la puerta tu número de teléfono escrito con rotulador. Te sentiste invadida, descubierta, pero pronto la curiosidad tomó las riendas. Sacaste el móvil del bolso y marcaste aquella sucesión entre la lectura y la memoria.

– ¿Diga? –cantó una mujer–.
– ¿Quién eres? –exhalaste tú–.
– Soy tu sustituta. Tranquila, ya no eres pertinente.

Reclinada sobre el retrete volviste a respirar profundamente, aliviada, satélite de un último sol que asomaba por la pequeña ventana y acotaba tu contingencia. El suelo tembló lo justo para anunciar que el tren reanudaba la marcha. Oíste el quejido de sus hierros disiparse en la distancia; lo mismo oíste por el móvil, aún pegado a la cara, aún por colgar. Sentiste la levedad haciéndose en ti mientras se evanescían tus pies, tus brazos. Dejaste de ser y cayó al suelo el teléfono como último signo de la hipótesis de que alguna vez fuiste.

Sobre Aner

AnerHay indicios de que nací en el 82. Escritor, pensador, compositor y físico teórico. Qué va, es todo mentira, maldita sea. Soy diseñador gráfico. También hago canciones pegadizas. Pero ante todo soy persona. Persona humana, en concreto.