Aquella tarde:

—«¡Guete!» —exclamó mi hija de año y medio desde su trinchera en el suelo.

Sobrecogido, alcé la vista por encima del libro. Ella me ofrecía su tren de madera. Yo leía la primera parte de Fausto.

Consideré la magnitud de la coincidencia; imaginé al genio alemán revolviéndose como un dios del ayer, descifrada el álgebra de sus personajes por una criatura inocente, sin noción moral, sin sentido histórico. Me inquietó figurar que, tal vez, Goethe se llevó a la tumba el secreto de que es siempre la obra el verdadero autor, y el autor poco más que un juguete.

Originalmente escrito para el taller 27 de Literautas.

Sobre Aner

AnerHay indicios de que nací en el 82. Escritor, pensador, compositor y físico teórico. Qué va, es todo mentira, maldita sea. Soy diseñador gráfico. También hago canciones pegadizas. Pero ante todo soy persona. Persona humana, en concreto.