Despertó sin transición de un sueño vacío, reclamado por una lejana voz interior. «Dame un descanso, Muchacho79». Una beta de Realify seguía ejecutándose en una pequeña placa sembrada bajo el neocórtex; la noche intensa había dejado el sistema en actividad reducida hasta completar la recarga. Desde el pie de la cama contempló con asco las prostitutas poligonales, durmiendo abrazadas entre sí, los vértices de su tosca geometría tropezando y superponiéndose por falta de potencia para un mejor renderizado. Cubrió el trecho de moqueta pixelada hasta el baño. Entró en la ducha con la luz apagada, consciente de que la recreación visual del agua y el vaho exigían mucha más memoria de la disponible. Suerte que amaba sentir el riego a discreción goteando sobre la piel abstracta, obviar la oscuridad, creerse mojado. Nada, sin embargo, lo distraía del molesto repiqueteo sostenido a escasos ocho kilobits por segundo.

Acabó pronto.

Al salir vomitó una materia de aspecto gris y rectangular, característica de objetos y texturas no previstos por el software. Aún agachado, examinó la habitación ante sí. En un lateral del primer plano asomaban el reloj, el termómetro, el indicador de estado de la batería y dos mensajes sin leer; de fondo quedaban pictogramas de pizza y vino a medio consumir, una televisión encendida, la mesita, el chaise longue, las paredes que parpadeaban por interferencias con usuarios cercanos. Accedió al menú del mapa y constató que el hotel estaba a rebosar.

Tomó del inventario varios ítems con el símbolo de una píldora, pero su dolor de estómago trascendía ya el programa. Pronto una tos violenta sacudió la placa, interrumpiendo la interfaz y restaurando la realidad. La tarde acontecía holgazana y luminosa sobre las fincas. Desde el prado adyacente una vaca lo miró sin mugir ni juzgarlo, como invitándole a compartir la hierba que apilaba en la boca. Sintió su abdomen rogando clemencia y giró la cabeza. Su hijo mayor y un puñado de vecinos sesteaban recostados bajo las encinas; ocupaban otras habitaciones del hotel para burlar la solana hasta que retomar la vendimia fuese soportable.

Consideró la pulida belleza de su entorno. El urdimbre de algunas ramas, las ondulaciones de la tierra seca, carecían de imprecisiones gráficas, a pesar de su intrincada estructura. Lo mismo ocurría con el cielo, moteado de nubes aquí y más allá, infinito y divisible, a su vez, en sucesivas porciones igual de infinitas. Celebró esa resolución inasible. El mundo exterior le parecía eternamente simultáneo, ajeno a pilas o motores de procesamiento y mapeado. El algoritmo que lo sustentaba bien podría equivaler a Dios. Luego palpó la camisa a la altura del ombligo, donde la gangrena manifestaba su máximo rigor. Todos continuaban inmóviles. Se apretó el entrecejo con el pulgar y el corazón y reanudó el sistema, tal vez para un último recreo.

Sobre Aner

AnerHay indicios de que nací en el 82. Escritor, pensador, compositor y físico teórico. Qué va, es todo mentira, maldita sea. Soy diseñador gráfico. También hago canciones pegadizas. Pero ante todo soy persona. Persona humana, en concreto.