El demiurgo sopló el espacio para su creación. Derramó la materia y concibió que serían planetas, estrellas. Anudó el cosmos a la hélice del tiempo. Sembró algunos brotes dispersos de vida, al azar; pensó el bien, el mal y los Beatles. Una vez lo dispuso todo, respiró complacido.

El filósofo se aventuró a los bordes de un risco. Consintió que el viento lo curtiese durante largo y al regresar no solo encajó unos hondos cimientos: también dejó espacio para otros distintos. Procuró todo aquello de sentido. Más de uno se vio alcanzado por sus dardos, asideros de fortuna en la realidad volátil. Con la barba poblada de juicios a priori, descansó.

El científico tenía la tarde libre. Después de contemplar el otoño y sus mujeres desde el aula, resolvió algunas conjeturas en el extremo de la pizarra. Consagrado al delirio caligráfico de la abstracción numerada, requirió de algunos minutos para restituir la distancia tomada de sí mismo, que no era poca. Entonces, reclinado en la butaca, encendió un cigarrillo.

Mauricio, aún junto al buzón, reconoció en el reverso la letra y las señas de su hijo. Agitado, utilizó unas tijeras para rasgar la solapa. El sobre estaba vacío. Exhaló. Nada pudo mitigar la certeza de que eran los problemas de su vida cotidiana los que permanecían siempre, siempre irresueltos.

Originalmente escrito para el taller 28 de Literautas.

Sobre Aner

AnerHay indicios de que nací en el 82. Escritor, pensador, compositor y físico teórico. Qué va, es todo mentira, maldita sea. Soy diseñador gráfico. También hago canciones pegadizas. Pero ante todo soy persona. Persona humana, en concreto.