Me gusta recordar las cosas a mi manera…, no necesariamente como sucedieron.

Lost Highway, 1997.

***

Bajaba solo en el ascensor cuando entró ella, tan desconocida, tan vestida para la ciencia, sujetando varios libros a la altura del pecho. No era mi horario habitual, supongo que por eso nos encontramos. Sonrió delicada y entendí que me daba los buenos días. Antes de que las puertas cerrasen ya se había soltado a hablar.

—¿Alguna vez ha tenido la impresión de que algún recuerdo, de tantas veces que lo ha evocado, ya no lo siente igual? ¿Esa sensación de haberlo revisado en tan numerosas ocasiones, no necesariamente para contárselo a nadie, que acaba por percibirse más como un cuento, un fragmento de algún hecho inventado?

Me miraba tan fuerte y desprovista de barreras que bien podría estar divisando el extremo opuesto del universo traspasando mi cráneo, el metal del ascensor, el cemento del edificio y cualquier otra porción de realidad intercalada. Me pilló desarmado, pero continuó sin esperar a verme parpadear.

—La neurociencia ha demostrado ampliamente que en el mecanismo de la memoria intervienen elementos nuevos que la modifican. Ya sabe, la circunstancia presente en que se accede al recuerdo, el contexto personal, el estado de ánimo, esas cosas —acabó la frase con algo de prisa y se ajustó las gafas sobre la nariz—. Sucede mucho con asuntos de la infancia o acontecimientos de alta carga emocional: pasados los años somos capaces de alterar los hechos, de cambiar los personajes, de variar el color de la escena sin apenas darnos cuenta. Al parecer, experimentar un recuerdo genera cierta inestabilidad temporal en el cerebro, lo que permite que añadamos información adicional al evento original. Una vez reconsolidada la memoria, ¡voilà! El recuerdo previo se ha sobreescrito, como cuando corrige un documento en su computadora y lo vuelve a guardar —sus dedos volaron tecleando en el aire—. ¿No es increíble? Una traición biológica contra nosotros mismos. Suponíamos ser la suma de nuestras sólidas evocaciones y resulta que la reinvención es permanente. Llevo varias semanas pensando en ello. ¡Podemos ser quien nos dé la gana!

Descendíamos lentamente. El espontáneo monólogo se extendió dentro de mí como un veneno sin antídoto. Rescaté la escena en la que me vi inmerso media hora antes, al volver a casa a recoger unos documentos que había olvidado. Primero los gemidos, en delicado in crescendo; los de ella, los de él, su sinuoso compás. También el bombeo descontrolado de mi corazón, que alentaba mis sospechas. Luego el paseo decidido hasta la vitrina del salón, el tacto frío del revólver, los disparos desde la puerta de la habitación, la sangre oscureciendo el blanco raso de las sábanas. Parecía todo tan preciso, tan ajustado a la certeza de los hechos verdaderamente sucedidos.

La luz entraba por las puertas abiertas del ascensor. Pasé ciego algunos segundos. Expuesto a un repentino mediodía, obraron en mí los poderes circunspectos del destino intercambiable. Me percibí efímero, moldeable, una vasija sobre la que habían vertido varias vidas posibles. Ella desapareció sin despedirse, si es que alguna vez realmente estuvo allí y conversó conmigo. Cerraron las puertas y yo seguía dentro. Pulsé el número siete.

A la altura de la segunda planta recordé el olor de la piel de mi esposa, un olor a carne pura, exenta de aderezo cosmético. Inspiré profundamente hasta esnifar las últimas moléculas. Sobre el quinto piso ya flanqueaba su cadera con mis manos, ella sonriente, yo algo violento. Llegando al séptimo me interrumpió el zumbido que indicaba el final de la subida. Giré la llave en el cerrojo con los ojos aún sellados, y sin abrirlos me apresuré hasta la habitación. Mi mujer dormía dulcemente. Atrapé su desnudez desde la retaguardia procurando ser verso apócrifo acomodado entre las formas del pecado. No sé si despertó completamente, pero iniciamos aquél sexo que siempre ridiculizaba cualquier ocasión anterior.

Sentí que alguien entraba en casa. Se detuvo un rato mientras a nosotros nos arrastraba la locura. Ojalá fueran imaginaciones. Poco después repicó el chasquido de un arma recién cargada. Hubo pasos acercándose. Me incorporé de un salto e intenté recordar cualquier otro pasado antes de verme a mí mismo apuntando desquiciado desde la entrada de la habitación.

Sobre Aner

AnerHay indicios de que nací en el 82. Escritor, pensador, compositor y físico teórico. Qué va, es todo mentira, maldita sea. Soy diseñador gráfico. También hago canciones pegadizas. Pero ante todo soy persona. Persona humana, en concreto.