Quanto
·
1 de enero de 2019
Hacía años que me rondaba la sensación de que todas las buenas historias ya habían sido contadas. No podía estar más equivocado. Aquella mañana brotaba ante mí un nuevo epílogo bíblico necesitado de apóstol; asumí la responsabilidad de anunciar los hechos a los hombres y me entregué al íntimo gozo de verme escrito con trazo espeso en la celulosa de los siglos.
